Hay juguetes que llegan a casa como si fueran a revolucionar la infancia y, una semana después, aparecen debajo del sofá acumulando polvo. Los padres se preguntan qué ha pasado: «¡Si ayer no soltaba el juguete!». Sin embargo, que un niño deje de utilizar un objeto no significa necesariamente que el juguete sea malo. Los juguetes que aburren rápido pueden tener demasiado que ver con cómo está diseñado el juego, con la novedad inicial o con las posibilidades que ofrece una vez que el niño ya ha descubierto cómo funciona.
La novedad tiene un poder considerable. Un juguete recién estrenado despierta curiosidad porque contiene algo que el niño todavía no conoce: colores, sonidos, piezas, movimientos o una forma diferente de interactuar. Ahora bien, esa sorpresa desaparece cuando ya se ha explorado todo. Si después no existen nuevas formas de utilizarlo, el interés puede caer rápidamente. Por el contrario, un juego aparentemente sencillo, como unos bloques de construcción, puede mantenerse durante años porque permite construir una torre, un garaje, una casa, un puente o cualquier otra cosa que se le ocurra al pequeño.
Por eso, no todos los juguetes tienen la misma capacidad para generar juego prolongado. Los que permiten transformar las reglas, combinar elementos o inventar situaciones ofrecen más oportunidades para que el niño participe activamente. En este sentido, los juguetes para fomentar la creatividad pueden ser especialmente interesantes, porque no determinan completamente qué debe ocurrir. Unas piezas de construcción, por ejemplo, pueden convertirse hoy en un tren y mañana en una nave espacial. Y ahí está la gracia: el juguete no termina cuando el fabricante ha explicado cómo funciona.
Juguetes que aburren rápido: qué tienen en común
Uno de los factores más importantes es la cantidad de posibilidades que ofrece el juguete. Si solo existe una manera de utilizarlo, el niño puede aprenderla rápidamente y sentir que ya no queda nada por descubrir. Imaginemos un coche que pulsa un botón y avanza siempre de la misma manera. Al principio puede resultar fascinante. Después, cuando el efecto deja de ser novedoso, la experiencia puede perder atractivo.
En cambio, una pista de coches que permite cambiar recorridos, añadir obstáculos y modificar la configuración ofrece más posibilidades. Lo mismo ocurre con las construcciones. No es casualidad que determinados juguetes clásicos sigan teniendo éxito generación tras generación: su valor no depende exclusivamente de un estímulo inicial, sino de la cantidad de situaciones de juego que permiten crear.
Además, existe una diferencia importante entre entretenimiento y juego activo. Un juguete puede entretener durante diez minutos porque emite sonidos o luces, pero eso no significa necesariamente que genere una experiencia de juego rica. Cuando el niño toma decisiones, experimenta, imagina y modifica lo que está haciendo, participa de otra manera.
El juguete no tiene que hacerlo todo
Aquí aparece una paradoja interesante. Cuanto más hace un juguete por el niño, menos cosas necesita hacer el niño por el juguete. Un producto que habla, se mueve, canta y responde a cada pulsación puede parecer muy completo, pero también puede dejar poco espacio para inventar.
Por ejemplo, una muñeca que reproduce siempre las mismas frases tiene un repertorio limitado. Una muñeca sencilla puede convertirse, en cambio, en paciente, profesora, astronauta o protagonista de una aventura inventada. El segundo juguete quizá tenga menos tecnología, pero ofrece más posibilidades narrativas.
Por tanto, la capacidad de un juguete para mantener el interés depende también de la interacción entre el objeto y el niño. No existe un juguete universal que vaya a mantener entretenido a cualquier pequeño. La edad, los intereses, el nivel de desarrollo y las experiencias anteriores también influyen. Un niño fascinado por construir puede pasar una hora con unas piezas que otro abandona a los diez minutos.
- Demasiada novedad y poco recorrido: un juguete puede impresionar al principio gracias a luces, sonidos o movimientos. Sin embargo, si el niño descubre rápidamente todo lo que puede hacer, la diversión puede desaparecer. La novedad funciona como puerta de entrada, pero no garantiza interés a largo plazo.
- Una única forma de jugar: cuando el resultado siempre es idéntico, hay menos espacio para experimentar. Por ejemplo, un juguete que únicamente consiste en pulsar un botón para activar una función ofrece menos posibilidades que otro que permita combinar piezas, cambiar recorridos o inventar reglas.
- Juguetes excesivamente dirigidos: algunos productos indican prácticamente cada paso. En cambio, los materiales abiertos, como bloques, piezas de construcción, plastilina o determinados juegos de representación, permiten que el niño decida qué hacer y cambie de idea sobre la marcha.
- Demasiados juguetes al mismo tiempo: una habitación repleta puede dificultar que un niño se concentre en una actividad. Además, cuando todo está disponible permanentemente, cada objeto puede perder parte de su novedad. Una rotación sencilla de juguetes puede ayudar a recuperar el interés por materiales que habían quedado olvidados.
- Comprar pensando en el adulto: el juguete más espectacular de la tienda no tiene por qué ser el más adecuado para un niño concreto. Antes de comprar, conviene preguntarse qué puede hacer el pequeño con él y durante cuánto tiempo puede seguir descubriendo nuevas posibilidades.
- Confundir diversión con aprendizaje: que un juguete sea educativo no significa que vaya a mantener el interés automáticamente. La experiencia debe resultar adecuada para la edad y permitir interacción. Un niño aprende mejor cuando participa activamente, prueba, se equivoca y vuelve a intentarlo.
- No aceptar que algunos juguetes cumplen su función rápidamente: también hay juguetes pensados para producir una experiencia breve. Un rompecabezas concreto puede resolverse y quedar terminado. Eso no significa que haya sido un fracaso. El problema aparece cuando se espera que cualquier juguete proporcione entretenimiento durante meses.
En definitiva, los juguetes que aburren rápido no son necesariamente juguetes malos. A veces simplemente ofrecen una experiencia muy limitada después de desaparecer la novedad inicial. Si queremos elegir mejor, conviene mirar más allá de las luces, el tamaño de la caja o el personaje de moda y preguntarnos algo mucho más importante: «¿Qué puede inventar un niño con este juguete cuando ya sabe cómo funciona?». Cuantas más respuestas existan, más posibilidades habrá de que el juego continúe mucho después de abrir el paquete. Y esa es, probablemente, una de las mejores pistas para entender por qué algunos juguetes que aburren rápido terminan olvidados mientras otros se convierten en compañeros de juego durante años.
