Para algunos niños, volver al cole es casi una fiesta: vuelven a ver a sus amigos, estrenan material, recuperan actividades que les gustan y sienten curiosidad por el nuevo curso. Para otros, en cambio, septiembre tiene menos encanto que un lunes a las siete de la mañana. Y ambas reacciones pueden ser completamente normales. El regreso supone abandonar la libertad del verano y recuperar horarios, normas, tareas, profesores y relaciones sociales. Además, cada niño tiene un temperamento diferente y no todos se adaptan a los cambios con la misma velocidad.
La personalidad influye, pero no lo explica todo. Un niño sociable que tiene un grupo de amigos esperándole puede estar deseando regresar, mientras que otro más reservado puede necesitar unos días para recuperar la confianza. Del mismo modo, un pequeño que ha tenido una experiencia escolar positiva probablemente afrontará septiembre con más entusiasmo que otro que terminó el curso preocupado por los deberes, los exámenes, los conflictos con compañeros o las dificultades para aprender. Por eso, comparar a dos hermanos diciendo «este quiere ir y este no» sirve de poco: parten de experiencias distintas.
También importa muchísimo lo que ha ocurrido durante el verano. Si los horarios se han retrasado, las comidas son más flexibles y cada día ha sido una pequeña aventura, regresar a una mañana con despertador puede parecer una auténtica operación militar. En este sentido, los mejores consejos para volver al colegio que os podemos dar pasan por recuperar poco a poco las rutinas y, sobre todo, escuchar qué preocupa realmente al niño. La American Academy of Pediatrics recomienda adelantar progresivamente los horarios de sueño una o dos semanas antes del inicio de las clases.
Volver al cole: qué explica las distintas reacciones de los niños
No todos los rechazos al colegio significan que exista un problema. A veces, sencillamente, el niño está diciendo que prefiere levantarse a las diez, desayunar sin mirar el reloj y pasar la mañana jugando. Una postura bastante comprensible, dicho sea de paso. Sin embargo, conviene observar qué hay detrás de ese «no quiero ir». Si el motivo son los madrugones o el final de las vacaciones, probablemente hablamos de adaptación. Si aparecen miedo intenso, dolores de barriga frecuentes, problemas para dormir o una negativa persistente a asistir, la situación merece más atención.
La experiencia previa pesa más de lo que parece
Imaginemos dos niños de ocho años. El primero recuerda el colegio como un lugar donde juega con sus amigos, su profesora le cae bien y suele sentirse capaz con las tareas. El segundo ha pasado el curso anterior con dificultades de aprendizaje y además ha tenido problemas con varios compañeros. Es lógico que sus expectativas ante septiembre sean diferentes. De hecho, las experiencias sociales, académicas y emocionales anteriores pueden influir notablemente en la ansiedad ante el regreso.
Por eso, una buena conversación antes de empezar puede ser mucho más útil que el clásico «venga, que ya verás qué bien». Si el niño tiene miedo de no saber con quién jugar, podemos preguntarle qué podría hacer durante el recreo. Si teme a un profesor nuevo, podemos hablar de cómo será el primer día. Y si simplemente está triste porque se acaba el verano, tampoco hace falta convertir esa tristeza en un problema que solucionar inmediatamente. Validar la emoción y ayudarle a afrontar el cambio suele ser más eficaz que intentar convencerle de que «debería estar contento».
- Recuperar los horarios poco a poco. No tiene demasiado sentido pasar de acostarse a las doce de la noche a exigir que el niño duerma a las nueve el día anterior al inicio de las clases. Es mejor adelantar gradualmente la hora de acostarse y levantarse. Además, mantener una rutina estable ayuda a que el cambio resulte menos brusco.
- Preguntar qué espera del nuevo curso. En lugar de preguntar únicamente «¿quieres volver al cole?», conviene concretar: «¿Qué te apetece?», «¿Qué te preocupa?» o «¿Hay algo que te gustaría que fuera diferente?». Así pueden aparecer problemas que estaban escondidos detrás de un simple «no quiero ir».
- Hablar de lo bueno sin negar lo malo. Recuperar a los amigos, conocer a un profesor nuevo o volver a una actividad favorita son motivos reales para ilusionarse. Sin embargo, decir que «todo será genial» cuando el niño está preocupado puede sonar poco creíble. Es mejor reconocer que algunas cosas pueden costar y explicar que tendrá ayuda para afrontarlas.
- Preparar los cambios importantes. Empezar Infantil, pasar a Primaria, cambiar de colegio o estrenar profesor puede generar más nervios que regresar a una clase conocida. Visitar previamente el centro o conocer el aula puede reducir parte de esa incertidumbre.
- No comparar hermanos ni compañeros. Que uno salte de la cama el primer día y otro necesite más tiempo no significa que uno sea «mejor» o «más maduro». El temperamento y la capacidad de adaptación varían de un niño a otro.
- Observar si el malestar desaparece. Los nervios iniciales suelen disminuir conforme el niño recupera la rutina. Sin embargo, si la ansiedad persiste, interfiere con el sueño, provoca síntomas físicos frecuentes o dificulta asistir al colegio, conviene hablar con el centro educativo y valorar apoyo profesional.
En definitiva, volver al cole no significa exactamente lo mismo para todos los niños. Para unos representa recuperar amigos y actividades; para otros, enfrentarse de nuevo a situaciones que les generan inseguridad. La clave no está en conseguir que todos estén encantados con septiembre, sino en entender qué hay detrás de cada reacción y acompañarlos en la transición.
