Enseñar a los más pequeños a reconocer y gestionar sus sentimientos es tan importante como enseñarles a atarse los cordones o a decir «gracias». Niños y emociones son un binomio inseparable: desde que nacen, sienten, reaccionan y, a veces, nos sorprenden con estallidos de alegría, tristeza o enfado que parecen salidos de un guion de película. Aprender a guiarles en este terreno no solo fortalece su autoestima, sino que también mejora su convivencia y sus habilidades sociales a largo plazo.
No se trata de convertir la infancia en una sesión de terapia constante, sino de ofrecer herramientas sencillas y prácticas. Por ejemplo, nombrar las emociones: «Veo que estás enfadado porque tu torre de bloques se ha caído» es mucho más efectivo que un «no pasa nada» que rara vez consuela. Además, crear rutinas donde se puedan expresar sus sentimientos —como hablar antes de dormir o dibujar cómo se sienten— ayuda a que los niños comprendan que todas las emociones son válidas y forman parte de la vida.
Cuando surgen conductas complicadas, como morder, gritar o tirar objetos, es importante mantener la calma y usarlo como una oportunidad educativa. Saber qué hacer con un niño que muerde requiere paciencia, límites claros y, sobre todo, explicaciones adaptadas a su edad. En lugar de castigar, conviene decir algo como: “No se muerde. Si estás enfadado, podemos usar palabras o dibujar lo que sientes”. Así, se enseña a gestionar la frustración sin recurrir a la violencia y se fortalece la inteligencia emocional desde la infancia.
Los niños y emociones están conectados de manera profunda: reconocer cómo se sienten los demás fomenta la empatía, mientras que gestionar sus propias emociones desarrolla resiliencia. En este punto, los juegos y actividades lúdicas son aliados insustituibles. Juegos de roles, cuentos donde los personajes enfrentan conflictos o dinámicas de grupo permiten a los niños ensayar soluciones, expresar miedos y alegrías, y entender que sus sentimientos tienen un lugar seguro para ser compartidos.
Técnicas prácticas para enseñar inteligencia emocional a los niños
- Nombrar emociones: Ayuda a los niños a etiquetar lo que sienten (alegría, tristeza, enfado, miedo) y a reconocerlo en ellos y en los demás.
- Modelar comportamientos: Los pequeños imitan lo que ven. Mostrar cómo se maneja el enfado o la frustración enseña de manera natural.
- Cuentos y relatos: Elegir historias con conflictos emocionales permite debatir sobre cómo reaccionan los personajes y qué podrían hacer diferente.
- Diálogo diario: Dedicar unos minutos al final del día para hablar de cómo se sintieron, qué les gustó o qué les molestó.
- Juegos de roles: Representar situaciones cotidianas donde puedan practicar la empatía y la resolución de conflictos.
- Técnicas de relajación: Respirar profundamente, hacer estiramientos o escuchar música tranquila ayuda a regular emociones intensas.
- Refuerzo positivo: Elogiar cada intento de expresar sentimientos de manera adecuada refuerza el aprendizaje emocional.
