Para muchos niños en edad escolar, que suene la campana del final de la última clase no es sinónimo de descanso, sino de comienzo de otra buena sesión de actividades…
Del aula al tatami, del pupitre a la academia de idiomas, del patio al laboratorio de robótica, del colegio a clase de pintura… Las llamadas actividades extraescolares se han convertido en una extensión casi natural de la jornada escolar para niños de todas las edades.
Para algunas familias, son una oportunidad de oro para que sus hijos desarrollen otras aptitudes. Para otras, una carrera de fondo agotadora que deja poco espacio al juego libre y al aburrimiento creativo. El debate no es nuevo, pero sí cada vez más intenso: ¿son realmente positivas?, ¿cuándo conviene empezar?, ¿dónde está la línea entre estímulo y saturación?
Pues de todo ello es de lo que nos gustaría hablarte hoy en nuestro blog, poniendo sobre la mesa los aspectos positivos de estas actividades y los peligros del exceso.
No se trata, por tanto, de demonizar ni de idealizar, sino de matizar.
Entre los beneficios más señalados de las actividades extraescolares en el desarrollo infantil destacan:
Cuando cada minuto está programado, el niño pierde la oportunidad de aprender a gestionar el aburrimiento, que es, en realidad, un laboratorio de imaginación. En cualquier caso, si el menor no dispone de tiempo diario para descansar, jugar sin objetivos o simplemente no hacer nada, probablemente la agenda esté demasiado apretada y tenga un exceso de actividades extraescolares planificadas.
Algunos especialistas recomiendan que el número de actividades no supere la capacidad real de disfrute del niño y que, al menos, uno o dos días a la semana queden libres de compromisos.
Una fórmula que puede dar buen resultado es que los padres sugieran una actividad (inglés porque lo consideran útil para el futuro, baloncesto para que practiquen un deporte de equipo…) y que los niños elijan otra siguiendo sus intereses o su curiosidad.
En primaria, cuando aumenta la capacidad de concentración y autonomía, pueden introducirse actividades más estructuradas, siempre respetando el ritmo individual. En estas edades intermedias, deportes colectivos, artes escénicas o actividades científicas pueden enriquecer su desarrollo.
En la adolescencia, el criterio clave pasa a ser la motivación propia: imponer actividades en esta etapa suele generar rechazo. Incluso actividades de otra naturaleza como el voluntariado, el debate o proyectos tecnológicos pueden aportarles sentido y pertenencia.
El equilibrio, más que la cantidad, parece ser la clave. Escuchar al niño, observar sus señales y priorizar su bienestar por encima de cualquier currículo paralelo es, según coinciden los expertos, la brújula más fiable en este debate.
